No hay mal que cien años dure y este, a lo sumo, dura cinco minutos

 

Con lo mal que estaba ayer. Que tarde más horrible, contando las horas, los minutos, los segundos que me quedaban de vacaciones. Como las últimas horas de un condenado a muerte. La última cena. Una tarde de domingo para el olvido en la que cada cosa que sucedía, veía e imaginaba, me recordaba que al día siguiente (o sea hoy) tenía que volver a trabajar. Y es que en el trabajo, no es que me reciban con un látigo, ni que me lancen a reuniones interminables,  ni que mi silla sea una butaca de pinchos digna de la tortura de la inquisición, ni siquiera es que odie a mis compañeros o jefe, pero no me gusta volver. No me gusta tener que madrugar, no ver la luz del sol, volver a los atascos. No me gusta no tener ni un minuto para mí, llegar a casa como si me hubiera pasado un tren por encima, ni que a la que me siento en el sofá me quedo semi-inconsciente.

Sin embargo, las largas horas de agonía dominguera no han durado más de cinco minutos esta mañana. El tiempo justo de entrar en calor (meterme a la ducha escapando del frío de la habitación). Todo el suplicio de ayer se ha esfumado, quizá transformado en un, no es para tanto, o tal vez en un así es la vida o que se yo, en un total, ya queda menos para el viernes. Porque si te paras a pensar, el retorno son solo unos minutos. Sin embargo, hay cientos de miles de cosas peores que volver a trabajar después de unas largas vacaciones.  La primera que se me ocurre es no tener trabajo, pero hay más, muchas más. Un dolor de muelas, que te parta un rayo o, algo muy apropiado en estas fechas, morir congelado. Que te entierren vivo bajo una tonelada de escombros o pescado podrido, que te maten a pellizcos o que te arranquen todas las uñas de manos y pies una a una y con pasmosa tranquilidad. Que te planten en el altar, que te pongan los cuernos con tu propia madre o que cualquiera de las dos cosas te suceda en directo en un programa de televisión. Que te metan en una habitación de dos por dos llena de serpientes pitón, escorpiones o algo más grande, por ejemplo cocodrilos que llevan una semana sin comer.  Despertarte y descubrir que te has convertido en Ana Obregón, Falete o Ramoncín. En fin, que bien pensado, volver a trabajar no es tan horrible. Al menos no tanto como para perder el domingo comiéndose la cabeza con ello. Me aplicaré el cuento la próxima vez.

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2 comentarios en “No hay mal que cien años dure y este, a lo sumo, dura cinco minutos”

  1. y ahora vuelves al trabajo????!!!! dichosa tu que pareces haber tenido buenas vacaciones!!! Al menos que sea leve.

     
  2. He leído hace poco algo parecido a que lo malo no es la realidad sino la idea que nos hacemos de ella. Juraría que en algún texto de, o que tenía algo que ver con Marina (y perdonadme si estoy dando un Neruda a Machado o viceversa).

    “que te pongan los cuernos con tu propia madre” jajajajajaja. … en la iglesia donde te casaste … Beborable.

    Perdón jajaj me dejé llevar. jejeje Falete … jajajaja. Sembrá

     
 
 

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