En esta semana del amor no podíamos dejar de tratar el tema los mitos amorosos. Porque esto del amor está plagado de mitos. Como emoción profunda y personal que es, solemos creer que aquello que nos sucede no le ha sucedido a nadie en el mundo (para bien o para mal), a veces, que somos unos incomprendidos o quizá un tanto frustrados. Las frustraciones personales en el amor son múltiples y variadas y traen causa en nuestro desconocimiento inicial (a amar se aprende amando y no es que en eso comencemos muy centraditos los humanos, o si no, pensad en la agonía adolescente cuando la experiencia es mínima, las ganas máximas y los miedos infinitos), pero sobre todo en los patrones predeterminados (o películas que nos montamos entorno a lo que vemos, lo que nos venden, lo que nos imaginamos y lo que finalmente vivimos o nos sucede) o falsos mitos.
Como cuanto antes le veamos la verdadera cara a las cosas más felices podremos ser en el amor, ilustramos una serie de mitos, por si hablar un poco sobre ellos nos sirviera de ayuda cuando nos encontremos ante la duda. Eso sí, a conocer vuestras propias necesidades no podemos ayudaros, eso es un trabajo propio que tarde o temprano tendréis que hacer.
La pasión y el amor son incompatibles más allá de los primeros meses (no digamos en el matrimonio). Bueno, cierto es que el calentón inicial permanente no dura siempre. Y menos mal que no es así, porque claro, imagínate: el cóctel hormonal que se produce en los inicios de una relación podría provocarnos convulsiones o la muerte por infarto si se mantuviera para siempre. El cóctel se compone de feromonas, dopamina, norepinefrina y serotonina, que actúan como una anfetamina: estimulan el centro del placer en el cerebro, aumentan el ritmo cardiaco y te quitan las ganas de comer y el sueño. ¿Cuánto tiempo podríamos durar así? Yo creo que no mucho… Así que este supuesto mito es algo completamente natural (para más información ver bases químicas del amor de la Wikipedia). La cuestión está, como todo el mundo sabe, en mantener la ilusión (respecto al otro pero también respecto a uno mismo), no caer en la rutina, o simplemente no dejarse en exceso. Mantener siempre la atracción del otro (fuera pijamas de franela) parte de mantener la atención en uno mismo. Eso sí, hay relaciones en las que de donde no hay (o realmente nunca hubo) no se puede sacar, entonces mejor no esforzarse, porque el tiempo en esta vida no está para perderlo.
Los amores reñidos son los más queridos: la verdad es que el mundo del cine, las novelas, los poemas, etc. están plagados de historias imposibles, de luchas contra viento y marea, de sacrificios inhumanos y finalmente, a veces, de la consecución del tan anhelado amor (o más bien encuentro ardiente y único en su especie, con la persona amada, porque oye, normalmente te suelen dejar las cosas en el inicio del asunto, cuando son las hormonas y no las personas las que hacen del amor lo que es). Y eso sí que no señoras y señores. El amor no es una suma de desgracias a superar ni la idealización y encumbramiento infinito de la persona amada, la cual de puro maravilloso no ha visto ni olido siquiera un callo en un pie o un granito en su piel, amos anda. En esta macabra idea del amor (llamémosle romántico), solo la pasión retorcida es verdadero amor y en cambio, el amor tranquilo y feliz (casi diría monótono) es el comienzo del declive. Pues que queréis que os diga, que de nuevo, el mundo está lleno de sonoros fracasos y novelescos suicidios derivados de amores románticos pero los abuelitos que mueren juntitos no salieron en ningún poema. Y yo diría que para sufrir ya tenemos la menstruación y luego la menopausia (en las mujeres) y la caída del cabello y crecimiento irrefrenable de la panza (en los hombres), así que casi mejor que vivirlo pausadamente con una pareja tranquila que como los Montesco y los Capuleto (imagínate un Romeo calvo arrastrando su enorme panza por el muro en el que trepa ayudado de la trenza de Julieta para descubrir una vez arriba que la pobre está con la regla y que tiene que bajar a la farmacia de guardia por un tampax, “lo siento Romeo”).
Los hombres y las mujeres aman diferente: Resumiremos en una imagen que simplifica este no tan falso mito que es bastante simpática*. Pero para el que quiera saber más basta con leer a Louann Brizendine, neuróloga y estudiosa de las diferencias entre los cerebros femenino y masculino. Porque hombres y mujeres amamos diferente, pero también hacemos un millón de cosas más de forma diferente.

Los opuestos se atraen y el roce hace el cariño: en fin, de fracasos sentimentales de este tipo está el mundo lleno. Así que poco hay que decir, salvo que claro, alguien que se parece a nosotros como un huevo a una castaña puede que cumpla nuestras expectativas de vida los primeros 15 días, tirando por lo alto, porque al final las discrepancias y la bifurcación de caminos serán las consecuencias naturales e inevitables. Ante la segunda afirmación o mito solo podemos responder, perdonen la grosería: Y una mierda! Todos hemos oído eso de que en pareja ambos deben ceder un poquito a cambio de relación equilibrada. Bien, cierto, pero eso no debe hacernos renunciar jamás a lo que necesitamos. Así, si nuestras necesidades y las de nuestra pareja no pegan ni con cola, habrá roces y dichos roces no generarán precisamente cariño porque serán diferencias irreconciliables. Ceder cederemos, pero no se trata de perder la esencia personal. Si se cede en lo esencial simplemente es que no hay fundamento para el amor, o no el suficiente.
Tienes que contártelo todo, todo y todo, porque sino no habrá confianza. Y eso sí, no olvides mantener tu espacio de actividades diarias. Uf, cuanta recomendación categórica y que difícil de llegar al equilibrio. Pero como todo en el equilibrio está la virtud. Lógicamente en una relación no se trata de estar pegados como lapas y tener que ir juntos, que se yo, hasta el baño, pero si que es cierto que si no hacemos nada en común (salvo por ejemplo tener relaciones sexuales), poca relación sentimental es esa (a lo sumo sexual). Y respecto a decir todo lo que pensamos, hemos pensado y pensaremos, pues, más vale no ser un bocachancla, porque con la excusa de la sinceridad podemos acabar haciendo mucho daño al otro (en el fondo ¿qué más da cuantos miles de novios tuvimos anteriormente y qué hacíamos con ellos) y no habremos ganado nada en términos de confianza. Ser sincero en lo relevante, en lo que supone el fundamento de la confianza. Pero no olvidemos que uno también tiene sus amigos y familia con los que puede compartir aquella parte de sí mismo que desee.
En fin, que los mitos del amor son muchos y variados y como no quería enrollarme con todos (bastante lo he hecho ya) como colofón (y punto de partida para el que quiera saber más) os enlazo una interesante entrevista realizada por Eduardo Puntset a Helen Fisher (antropóloga), con motivo de la publicación en España de su libro “¿Por qué amamos?” Y digo yo, pues qué mas da, lo importantes es que seamos capaces de hacerlo positivamente y esto nos haga medianamente felices.